Por la calle real:
La identidad venezolana en tiempos revueltos
Por: Fortunato González Cruz

27 marzo, 2017 CIEPROL

La identidad venezolana en tiempos revueltos

Escuché a la psicólogo de la UCV Yorelis Acosta en el programa mañanero del periodista César Miguel Rondón, y luego leí una entrevista en Prodavinci sobre las bases psicosociales de la identidad venezolana. Pocas novedades respecto de lo ya conocido pero con un aporte novedoso porque incorpora los impactos de la revolución chavista en los valores del venezolano. Es una preocupación que ronda desde mis clases de Derecho Constitucional y la búsqueda de respuestas a la pregunta ¿Por qué la gente obedece. Preocupa sobre todo el comportamiento de la élite gobernante y el efecto de demostración que desparrama hacia la sociedad venezolana en su conjunto. De acuerdo con Yorelis Acosta, quien recoge investigaciones anteriores, somos personas que valoramos nuestro país porque posee grandes recursos naturales de singular belleza e importancia económica. Los venezolanos somos alegres y amistosos. Entre los negativos colocan en primer lugar la flojera. Hay una sobrevaloración de los rasgos socioafectivos positivos con los que se pretende cubrir los negativos dentro de los cuales, aparte de flojos, destacan la viveza y la adaptabilidad, que se relacionan con baja moralidad y un alto pragmatismo. La “viveza criolla” se toma como un atributo. Valores como el conocimiento, la competencia, la moralidad y la disciplina ocupan escalas muy bajas en la autopercepción venezolana.

Martin Seligman señala que lo primero que autodefine al venezolano es la gratitud. Se muestra siempre agradecido por lo que recibe y se asegura de expresarlo. La segunda fortaleza es la amabilidad: el venezolano siempre está dispuesto a hacer favores a los demás. A la lista se le suma la creatividad para resolver asuntos simples o complejos con el mayor ingenio posible. Todo esto pasa por el tamiz del buen humor y la capacidad de verle el lado positivo a las cosas. Tanto las cualidades como los defectos venezolanos se ven todos los días en las colas en los semáforos, en el banco o en el cualquier otro lugar. La mayoría hace su cola ordenadamente: espera la luz verde o guarda su turno, pero no falta alguien que se adelanta y se come la luz roja, pescuecea para que el cajero lo vea o aprovecha su carnet para alegar algún privilegio. En las largas esperas entabla conversación con gran facilidad y amarra amistades como si se conocieran de años y fuesen a durar una eternidad, y con ellas comparte sueños y esperanzas, alegrías y desgracias, recetas y remedios. Esta apreciación la destaca el latinoamericanista Rickard Lalander de la Universidad de Estocolmo e invitado nuestro al CIEPROL.

La “viveza criolla” de quienes están enchufados les ha reportado grandes fortunas, a las clases medias grandes frustraciones y a los más pobres un estrecho margen para la sobrevivencia. Al gobierno le ha sido facili colocarle a la oposición todo tipo de peines, que los ha pisado casi que con entusiasmo y alegrías de tísico, incluso convertido en oportunidades como el diálogo o la revalidación de los partidos, un par de peines más que avisados. Por supuesto que la gente del gobierno exagera en eso de la falta de conocimiento, competencia, moralidad y disciplina. Así, el “nuevo venezolano” trabaja más y rinde menos, apela más a la “viveza” y por tanto es más sinvergüenza. Lo vemos cuando en un saqueo participa gente decente, o en las guarimbas, o en la adulación a los corruptos.

¡Será un gran reto recuperar las buenas costumbres!


Fortunato González Cruz

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